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MUJERES MIGRANTES SIN HOGAR, LA OCULTA TRIPLE EXCLUSIÓN

Se habla mucho de las mil historias que contiene Madrid. Mil historias canallas y

bohemias que han generado cientos de poesías, canciones y textos plagados de romanticismo. Pero las calles de Madrid no sólo contienen historias que inspiran canciones de Sabina, también son el lugar donde cientos de mujeres buscan, sin encontrar, una vida mejor.

Muchas de ellas provienen de países lejanos, lugares desde donde pensaron que en otra tierra prosperarían. Y, en muchas ocasiones, se equivocaron. Se equivocaron porque en Madrid les esperaba la pobreza, la incomprensión y la injusticia.

Ser mujer y vivir en la calle lleva aparejado peligros y sinrazones de todo tipo. Pero ser mujer sin hogar y migrante tiene además dolorosas circunstancias vitales y sociales que impiden una inserción efectiva. Ser mujer sin hogar y migrante constituye una triple exclusión que urge sea analizada y denunciada desde la perspectiva feminista. Los testimonios que conocemos día a día en Asociación Moradas así lo atestiguan.

Ya de inicio, las mujeres que llegan sin un contrato de trabajo tienen aún más dificultades para acceder a la vivienda y, cuando lo hacen, ésta es una vivienda precaria con precios y condiciones abusivas, que en muchas ocasiones se hace insostenible en el tiempo: Ahora estoy pagando por dormir en un sofá, pero me están advirtiendo de que me tengo que ir y es muy difícil que encuentre otra cosa con lo que piden para firmar un contrato. Una vez en la calle, sin acceso a la vivienda y sin un trabajo estable, el círculo vicioso de la exclusión se ceba con estas mujeres.

Es entonces cuando aparece el fantasma del fracaso por no haber conseguido el objetivo. Si bien esta decepción está presente en muchos procesos migratorias, en el caso de las mujeres sin hogar su gravedad se intensifica ya que lleva aparejado la culpa del abandono del hogar y de la familia. Para ellas la decepción es doble: no han logrado la meta del proceso migratorio y han fracasado como “mujeres” según lo que dicta el mandato de género (no se han quedado en el hogar cuidando de terceros). Así lo siente una de las mujeres con las que hablamos durante las “rutas feministas”: Desearía volver a mi país, pero ¿cómo voy a hacerlo sin haber logrado nada?, ¿con esta ropa?, ¿sin nada que llevar?

Por ello, la vergüenza de la situación de calle suele ser un gran secreto que se oculta a los seres queridos que están en el país de origen, ya sea para que no se preocupen o para que no juzguen su situación. El sinhogarismo acaba por considerarse como un estigma del que sentirse, aún sin motivo, responsable. Este secreto, el mantener oculta la verdad, se acaba convirtiendo en una losa emocional que mina la autoestima y el equilibrio mental. Ellas no saben que yo estoy así porque yo soy una mujer muy alegre y muy luchadora, nos dice otra de las mujeres. Ella no puede siquiera compartir el dolor con quienes ama, no hay espacio para su duelo. Y, cuando la mentira implica renunciar al reencuentro, la culpa se multiplica: Mi hijo me ha dicho que quiere venir a verme y yo me he inventado que estoy en casa de una amiga y que le avisaré cuando me haya mudado para que venga, viéndose así obligada a rechazar, y a hacerse sentir rechazado, a su propio hijo, el motivo último por el que migró a nuestro país.

Pero, en ocasiones, esta ocultación de la realidad de calle no exime de la obligación de mantener económicamente a quienes han quedado en el país de origen. Ellas habitualmente envían remesas con lo poco que consiguen, posponiendo su bienestar en favor del bienestar de los otros, sobreviviendo para que sus familias vivan: Estoy en la calle porque el poquito dinero que consigo lo mando a mi país para que mi hijo pueda estudiar.

Y no podemos olvidar que también la violencia machista puede ser el motivo de la migración. Tristemente, conocemos mujeres que se han visto obligadas a huir de su país porque su vida corre peligro y deben elegir entre perderlo todo o perder la vida: Les dije a mis hijos que volvería a buscarles y me dijo la mayor que no lo hiciera, que cuando ellos fueran mayores de edad vendrían, porque allí corro peligro por su papá.

Así que sí, las calles de Madrid contienen mil historias, pero muchas de esas historias son tan duras como éstas, así que ¿qué vamos a hacer como sociedad para solucionarlo?



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