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EL TRATO SEXISTA EN LOS RECURSOS DE ATENCIÓN A PERSONAS SIN HOGAR



Como sabéis, la militancia de Asociación Moradas se dirige, entre otros objetivos, a evidenciar la necesidad de asimilar la perspectiva feminista a la hora de analizar e intervenir en la esfera del sinhogarismo femenino. Por ello, uno de nuestros quehaceres es escudriñar las formas de hacer de la profesión social con las gafas moradas puestas, para ver con claridad de qué modo las mujeres son sujetos de segunda categoría incluso dentro de los recursos y dispositivos sociales a los que acceden (o deberían acceder). En este sentido, las mujeres que forman parte de Moradas nos hablan de diferencias de trato entre ellas y los hombres con los que comparten albergues, comedores o diversos espacios de atención social.


El 26% de las mujeres sin hogar achacan su situación de sinhogarismo a la violencia ejercida hacia ellas o hacia sus hijos y/o hijas, que, junto con la separación sentimental forman casi el 50% de las causas de sinhogarismo femenino. Por el contrario, las causas de sinhogarismo masculino se engloban en un 48% en la pérdida del empleo. En este sentido, y en relación a los recursos, no es difícil encontrar un programa de empleo o incluso un profesional dentro de los recursos públicos o entidades que ponga el foco en la recuperación de las habilidades laborales, así como a la integración a través de la consecución de un empleo. Por el contrario, es muy difícil, por no decir casi imposible, encontrar un recurso que tenga profesionales especializados en la violencia de género, en la violencia machista o en la violencia sexual. Sumado a esto, solamente el 2,3% de las mujeres sin hogar acceden a recursos específicos para mujeres víctimas de VG, lo cual quiere decir que los recursos especializados tampoco están enfocados a la atención de mujeres en situación de calle, o con problemáticas más específicas, como alguna adicción o una enfermedad mental.


No es ninguna novedad que muchos de los recursos que atienden a personas sin hogar están masculinizados (algunos de ellos incluso solo admiten hombres) y que sigue habiendo numerosas resistencias a la hora de replantearse la intervención que allí se lleva a cabo desde una perspectiva de género. Esta realidad genera un pernicioso círculo vicioso: los recursos masculinizados se vuelven hostiles para las mujeres, renunciando ellas en ocasiones a asistir, lo que refuerza la masculinización de los mismos, ya que las mujeres no son percibidas como estadísticamente significativas, se convierten en “la anécdota” de los centros. Todo ello hace que los recursos sean utilizados en su gran mayoría por hombres no porque las mujeres no los necesiten, sino porque no están diseñados para ellas.


Pero no todo el trato diferencial puede identificarse en términos cuantitativas u objetivables. Las mujeres también relatan experiencias discriminatorias más sutiles y subjetivas. En este sentido, es habitual que, según en qué lugares, a los hombres se les trate “con más mimo” y condescendencia, preguntándoles si les gusta la comida o se encuentran a gusto, mientras que las atenciones que a ellas se dirigen son menos afectuosas, “a veces parece que se nos culpabilizara de nuestra situación”, dicen. “A los hombres les ofrecen las cosas de manera muy amable, a veces incluso insistiendo en que usen una cuchilla y espuma para afeitarse, pero a nosotras nadie nos ofrece una cuchilla para depilarnos”, nos comenta otra compañera. “Es más, cuando la pides a veces te dicen que son para los hombres y que nosotras no las necesitamos", continúa. “Ellos deben afeitarse para estar aseados y guapos pero las mujeres no necesitamos depilarnos, ni para nosotras ni para nadie”, apostilla. Así, no sólo el trato es diferente en cuanto a formas, sino que también lo es en cuanto a “fondos”: se decide por ellas qué es lo que pueden o no pueden consumir y cómo han de construir su propia imagen. En ocasiones, los recursos no tienen pestillo en el baño, con todo lo que esto conlleva para la intimidad de las mujeres: no es lo mismo ver a una mujer desnuda que ver a un hombre desnudo, debido a la sexualización constante del cuerpo de las mujeres para el disfrute masculino. También en ocasiones las mujeres y los hombres comparten espacio de descanso, siendo los dormitorios mixtos.


La convivencia entre agresor y víctima no es excepcional, aún con orden de alejamiento vigente, de manera que, cuando las mujeres expresan este tipo de cuestiones relativas a la violencia de género y/o machista, se pone en tela de juicio su palabra: “Hay dos versiones”, “Está exagerando”, “Está mintiendo”, “Se va con él porque quiere, las mujeres son libres, no las podemos retener”.


Pero no sólo el trato sexista lo encontramos en los recursos residenciales o en los comedores. Aún recordamos el día en que, durante una de nuestras rutas feministas de miércoles noche, una compañera se acercó con los ojos llenos de lágrimas, lágrimas de rabia e impotencia, porque al pedir una manta durante un reparto le habían dado un bolso, “por si me valía, mantas ya no quedaban”. No, no queremos bolsos, no queremos migajas, queremos dignidad y justicia, y sólo el feminismo nos guiará hasta ellas.


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